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"Un día después", Vicente Battista

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Material de uso en clase. Referencias bibliográficas de AL SITIO LENGUAS.

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"Un día después", Vicente Battista

  1. 1. Espagnol / Accueil Texto: Un d�a despu�s Autor: Vicente Battista Fuente: El final de la calle, Emec� Prof. Marcela Spezzapria - marcela@alsitiolenguas.com 1 Fariones, Lanzarote. Artista: Pedro Villarubia. Ver en l�nea y cr�ditos de la imagen aqu�.
  2. 2. Espagnol / Accueil Texto: Un d�a despu�s Autor: Vicente Battista Fuente: El final de la calle, Emec� Prof. Marcela Spezzapria - marcela@alsitiolenguas.com 2 Un d�a despu�s Mir� una vez m�s la foto: un rostro juvenil, de ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro. Era una belleza insolente, a mitad de camino entre la inocencia y la perversidad. Se llama Mercedes Gasset y va a estar en el hotel Los Faraones, el s�bado, al mediod�a. Asent� con un movimiento de cabeza. Me entregaron el cincuenta por ciento de lo pactado y el pasaje de ida y vuelta. Dijeron que confiaban en m�, que el resto lo recibir�a al final del trabajo. Asent� otra vez y pregunt� si hab�an pensado en un sitio en especial. Uno de ellos dijo que la Cueva de los Verdes podr�a ser el lugar adecuado y agreg� que no me costar�a mucho llevarla hasta ah�. Realmente me ten�an confianza. Supe que era hora de despedirse. En un par de d�as tendr�a que volar a Lanzarote para encontrarme con Mercedes Gasset. El vuelo fue tranquilo, deb� soportar un compa�ero de asiento que hab�a resuelto mitigar su soledad, o el miedo a las alturas, cont�ndome el encanto de las Islas Canarias. Le conced� un par de aprobaciones y simul� un sue�o reparador. No me interesaban las islas y jam�s hab�a estado en Lanzarote, s�lo ten�a una vaga referencia por un cuento, o cierto cap�tulo de novela, en donde un hombre se encontraba con una mujer joven, para disfrutar del fin de semana. Tambi�n yo iba a encontrarme con una mujer joven, pero no iba a disfrutar del fin de semana; iba a matarla. La vi en el lobby del hotel. Se paseaba de un lado a otro, indecisa; aunque no parec�a buscar a nadie. Finalmente se acerc� a la barra y pidi� un vaso de leche fr�a. El azabache de su pelo resultaba m�s inquietante que en la fotograf�a. No es el mejor modo de combatir la ansiedad dije. Me mir�; sonri� levemente. �Qui�n le ha dicho que estoy ansiosa? No hay m�s que verte. �Psic�logo? Curioso. Hab�amos roto las barreras. Dijo que se llamaba Patricia; por alguna raz�n ocultaba su nombre, deb�a cuidarme. Dijo que era madrile�a. Uruguayo ment�. Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonter�as. Si me promet�s cambiar la leche por un Rioja digno de nosotros, esta noche cenamos juntos. �Y si no? pregunt�. Nos encontrar�amos para el caf�. Ya no tengo ansiedad dijo y volvi� a sonre�r. A las nueve, aqu� mismo. La vi marcharse. Esa muchacha me gustaba m�s de la cuenta; mi oficio proh�be ese tipo de gustos. Pens� que un whisky doble expulsar�a el mal sentimiento, lo beb� de un trago, pero la muchacha me segu�a gustando. Mir� la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudar�a. Ped� la llave de mi habitaci�n y orden� que me llamaran a las ocho y media. Fue puntual, virtud infrecuente en las mujeres j�venes y bonitas. Caminaba con estudiada
  3. 3. Espagnol / Accueil Texto: Un d�a despu�s Autor: Vicente Battista Fuente: El final de la calle, Emec� Prof. Marcela Spezzapria - marcela@alsitiolenguas.com 3 despreocupaci�n, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas. Tuve la fantas�a de que algunas horas despu�s se lo iba a quitar. Magn�fica dije por todo saludo y llam� al barman. Dijo que no iba a beber. Le record� la promesa; agreg� que s�lo beber�a vino, durante la comida. Parec�a una ni�a obediente; fuimos hacia la mesa. Elegimos una exquisita carne de ternera, rociada con salsa de champi�ones y acompa�ada de arroz blanco. Supe que en la bodega del hotel hab�a Vega Sicilia y no vacil�: iba a ser su �ltima cena; merec�a el mejor de los vinos. Lo gozamos hasta la �ltima gota y sirvi� para recrear nuestras mentiras. Dijo que estaba en la isla con el prop�sito de recoger material para un futuro trabajo acerca de la identidad canaria. Quiso saber de m�. Me invent� una profesi�n liberal y un desenga�o amoroso, dije que no quer�a hablar ni de una cosa ni de la otra. A la hora del caf� y el co�ac, le confes� que me gustaba m�s de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad. Decidimos que fuese en mi cuarto. Est�bamos de pie, junto a la cama y s�lo nos iluminaba la luna; se o�a el ruido del mar, pero ni la luna ni el mar me importaron: toda mi atenci�n estaba en ese cuerpo magn�fico, sin una sola mentira. La comenc� a desnudar, con la devoci�n que se pone en los grandes ritos. Me detuve en sus pechos, peque�os y armoniosos, y los bes� lentamente; un imperceptible quejido y el min�sculo vibrar de su piel me hicieron comprender que no hab�a errado el camino. Ah� me qued�. Busc� mi sexo y al rato est�bamos desnudos sobre la cama. Cada vez me gustaba m�s y ella se encargaba de fomentarlo: se acost� sobre m� y me cubri� con una ternura indescriptible, hasta que lleg� el momento de las palabras entrecortadas y los peque�os gritos. Era una pena quitar al mundo a una muchacha as�; la abrac� casi con cari�o. Se qued� dormida de inmediato. Estuve mucho tiempo mirando el techo y pensando en esas desarmon�as, ajenas a uno, que lamentablemente no tienen arreglo. Record� a De Quincey: "Si alguien empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del d�a del Se�or, y acaba por faltar a la buena educaci�n y por dejar las cosas para el d�a siguiente". Un par de horas m�s tarde ella abri� los ojos y me dijo algunas cosas que ahora prefiero olvidar. Le pregunt� si conoc�a la Cueva de los Verdes y le propuse una excursi�n a la ma�ana siguiente. Dijo que s�. No sab�a que estaba firmando su sentencia de muerte. Un simple estuche de m�quina fotogr�fica fue el refugio ideal para la Beretta 7,65, con silenciador incluido. Tom� un caf� sin az�car, de camino a la Cueva de los Verdes. Hab�amos decidido encontrarnos ah� a las diez de la ma�ana. La descubr� mezclada con un contingente tur�stico. Seguimos al gu�a y nos enteramos de que est�bamos ingresando en una cueva que, trescientos a�os atr�s, hab�a construido la lava volc�nica. Era un t�nel que se prolongaba por kil�metros y kil�metros y del que apenas se hab�an explorado algunos miles de metros. Alguna vez fue refugio de los guanches dijo a media voz. �Los guanches? Los primeros habitantes de la isla complet�. "Y ahora ser� tu tumba", pens�, con dolor. Consegu� que cerr�semos la marcha de los entusiasmados turistas y as� anduvimos entre las tinieblas. Algunos temas de Pink Floyd y unas pocas luces de colores, astutamente distribuidas, le daban el toque fantasmag�rico que el sitio precisaba. Los hijos de puta de mis clientes hab�an sabido elegir el lugar: un cad�ver podr�a permanecer ah� por largo tiempo, hasta que el mal olor de su putrefacci�n lo delatase. Pens� que ese cad�ver iba a ser el de Mercedes y sent� un
  4. 4. Espagnol / Accueil Texto: Un d�a despu�s Autor: Vicente Battista Fuente: El final de la calle, Emec� Prof. Marcela Spezzapria - marcela@alsitiolenguas.com 4 ligero malestar. Decid� terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de ver algo. El contingente sigui� su marcha, ignor�ndonos. Abr� el estuche fotogr�fico. Aqu� no se pueden sacar fotos brome�. No pienso sacar fotos dije. La Beretta en mi mano obvi� cualquier otro comentario. No entiendo dijo y hab�a sorpresa en su espanto. No es necesario que entiendas dije. Hay un error dijo, casi suplicante. Tiene que haber un error. Dije que en estos casos nunca hay errores y apret� el gatillo. Se oy� un sonido corto y seco. Mercedes intent� decir algo, pero todo qued� reducido a un gesto de dolor y desconcierto. En mitad de su frente, casi a la altura de sus cejas, comenz� a bajar un hilo de sangre. Di un paso atr�s y vi c�mo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llev� hasta el rinc�n m�s escondido de la cueva y la cubr� con cenizas de lava. Me sacud� las manos y la ropa, comprob� que no hab�a se�ales delatorias y camin� r�pido hacia donde estaba el contingente. Hab�an pasado menos de diez minutos. Nadie repar� en su ausencia: estaban encantados jugando con el eco, una de las maravillas de esa cueva de la muerte. Los pasos siguientes ser�an de pura rutina: deb�a desprenderme del arma y de la documentaci�n fraguada. En Barcelona tendr�a tiempo de afeitar mi barba tirar a la basura los anteojos de falso documento. Entr� en el hotel pensando en una ducha fr�a. Iba a pedir la llave de mi cuarto, cuando una voz femenina, sus palabras, me enmudecieron. Me llamo Mercedes Gasset o�. Hay una reserva a mi nombre. Ten�a que haber llegado ayer. Gir� la cabeza y la vi. Ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro: era mi v�ctima, la real, que llegaba con un d�a de atraso. Pidi� un whisky. Pens� en Patricia, sola en la Cueva de los Verdes, cubierta de ceniza de lava; sent� un odio feroz por esta impostora e imagin� para ella un final innoble e inmediato. Diga lo que diga De Quincey, no hay que dejar las cosas para el d�a siguiente. Me acerqu� y le dije que �se no era el mejor modo de combatir la ansiedad. Sonri�.

Material de uso en clase. Referencias bibliográficas de AL SITIO LENGUAS.

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