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"Una reputación", Juan José Arreola

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Material de uso en clase. Referencias bibliográficas de AL SITIO LENGUAS.

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"Una reputación", Juan José Arreola

  1. 1. Espagnol / Accueil Texto: Una reputaci�n Autor: Juan Jos� Arreola Prof. Marcela Spezzapria - marcela@alsitiolenguas.com 1 En mi esp�ritu hab�a grandes reservas de hero�smo sin empleo Una reputaci�n La cortes�a no es mi fuerte. En los autobuses suelo disimular esta carencia con la lectura o el abatimiento. Pero hoy me levant� de mi asiento autom�ticamente, ante una mujer que estaba de pie, con un vago aspecto de �ngel anunciador. La dama beneficiada por ese rasgo involuntario lo agradeci� con palabras tan efusivas, que atrajeron la atenci�n de dos o tres pasajeros. Poco despu�s se desocup� el asiento inmediato, y al ofrec�rmelo con leve y significativo adem�n, el �ngel tuvo un hermoso gesto de alivio. Me sent� all� con la esperanza de que viajar�amos sin desaz�n alguna. Pero ese d�a me estaba destinado, misteriosamente. Subi� al autob�s otra mujer, sin alas aparentes. Una buena ocasi�n se presentaba para poner las cosas en su sitio; pero no fue aprovechada por m�. Naturalmente, yo pod�a permanecer sentado, destruyendo as� el germen de una falsa reputaci�n. Sin embargo, d�bil y sinti�ndome ya comprometido con mi compa�era, me apresur� a levantarme, ofreciendo con reverencia el asiento a la reci�n llegada. Tal parece que nadie le hab�a hecho en toda su vida un homenaje parecido: llev� las cosas al extremo con sus turbadas palabras de reconocimiento. Esta vez no fueron ya dos ni tres las personas que aprobaron sonrientes mi cortes�a. Por lo menos la mitad del pasaje puso los ojos en m�, como diciendo: "He aqu� un caballero". Tuve la idea de abandonar el veh�culo, pero la desech� inmediatamente, someti�ndome con honradez a la situaci�n, alimentando la esperanza de que las cosas se detuvieran all�. Dos calles adelante baj� un pasajero. Desde el otro extremo del autob�s, una se�ora me design� para ocupar el asiento vac�o. Lo hizo s�lo con una mirada, pero tan imperiosa, que detuvo el adem�n de un individuo que se me adelantaba; y tan suave, que yo atraves� el camino con paso vacilante para ocupar en aquel asiento un sitio de honor. Algunos viajeros masculinos que iban de pie sonrieron con desprecio. Yo adivin� su envidia, sus celos, su resentimiento, y me sent� un poco angustiado. Las se�oras, en cambio, parec�an protegerme con su efusiva aprobaci�n silenciosa. Una nueva prueba, mucho m�s importante que las anteriores, me aguardaba en la esquina siguiente: subi� al cami�n una se�ora con dos ni�os peque�os. Un angelito en brazos y otro que apenas caminaba. Obedeciendo la orden un�nime, me levant� inmediatamente y fui al encuentro de aquel grupo conmovedor. La se�ora ven�a complicada con dos o tres paquetes; tuvo que correr media cuadra por lo menos, y no lograba abrir su gran bolso de mano. La ayud� eficazmente en todo lo posible; la desembarac� de nenes y envoltorios, gestion� con el chofer la exenci�n de pago para los ni�os, y la
  2. 2. Espagnol / Accueil Texto: Una reputaci�n Autor: Juan Jos� Arreola Prof. Marcela Spezzapria - marcela@alsitiolenguas.com 2 se�ora qued� instalada finalmente en mi asiento, que la custodia femenina hab�a conservado libre de intrusos. Guard� la manita del ni�o mayor entre las m�as. Mis compromisos para con el pasaje hab�an aumentado de manera decisiva. Todos esperaban de m� cualquier cosa. Yo personificaba en aquellos momentos los ideales femeninos de caballerosidad y de protecci�n a los d�biles. La responsabilidad oprim�a mi cuerpo como una coraza agobiante, y yo echaba de menos una buena tizona en el costado. Porque no dejaban de ocurr�rseme cosas graves. Por ejemplo, si un pasajero se propasaba con alguna dama, cosa nada rara en los autobuses, yo deb�a amonestar al agresor y aun entrar en combate con �l. En todo caso, las se�oras parec�an completamente seguras de mis reacciones de Bayardo. Me sent� al borde del drama. En esto llegamos a la esquina en que deb�a bajarme. Divis� mi casa como una tierra prometida. Pero no descend�. Incapaz de moverme, la arrancada del autob�s me dio una idea de lo que debe ser una aventura trasatl�ntica. Pude recobrarme r�pidamente; yo no pod�a desertar as� como as�, defraudando a las que en m� hab�an depositado su seguridad, confi�ndome un puesto de mando. Adem�s, debo confesar que me sent� cohibido ante la idea de que mi descenso pusiera en libertad impulsos hasta entonces contenidos. Si por un lado yo ten�a asegurada la mayor�a femenina, no estaba muy tranquilo acerca de mi reputaci�n entre los hombres. Al bajarme, bien podr�a estallar a mis espaldas la ovaci�n o la rechifla. Y no quise correr tal riesgo. �Y si aprovechando mi ausencia un resentido daba rienda suelta a su bajeza? Decid� quedarme y bajar el �ltimo, en la terminal, hasta que todos estuvieran a salvo. Las se�oras fueron bajando una a una en sus esquinas respectivas, con toda felicidad. El chofer �santo Dios! acercaba el veh�culo junto a la acera, lo deten�a completamente y esperaba a que las damas pusieran sus dos pies en tierra firme. En el �ltimo momento, vi en cada rostro un gesto de simpat�a, algo as� como el esbozo de una despedida cari�osa. La se�ora de los ni�os baj� finalmente, auxiliada por m�, no sin regalarme un par de besos infantiles que todav�a gravitan en mi coraz�n, como un remordimiento. Descend� en una esquina desolada, casi montaraz, sin pompa ni ceremonia. En mi esp�ritu hab�a grandes reservas de hero�smo sin empleo, mientras el autob�s se alejaba vac�o de aquella asamblea dispersa y fortuita que consagr� mi reputaci�n de caballero.

Material de uso en clase. Referencias bibliográficas de AL SITIO LENGUAS.

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