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Tema 4: ¿Por qué practicar?Curso en línea "Catequesis básica para padres"Autor: Michel Esparza | Fuente: http://sontushijo...
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¿Qué son y cómo actúan los sacramentos?Vale la pena recordar la doctrina católica acerca de los sacramentos.En resumen, di...
resulta más entretenido en sus homilías. Evidentemente, todo esoayuda. Pero quien conecte con lo esencial -quien sepa que ...
acontecimientos más sublimes de la historia de la Salvación! Siconvertimos nuestra vida en un sublime acto de amor correde...
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respirar.En la raíz de todo mal moral, hay siempre tres posibles causasentremezcladas: mala voluntad (no querer), ignoranc...
Iglesia recomienda la confesión frecuente, aunque no haya pecadosmortales, como medio de curar nuestras incapacidades.Una ...
Cristo es, pues, a la vez modelo y fuente de amor perfecto. Nosenseña a amar y, mediante esa gracia que nos cura y dignifi...
engaño fraudulento. Y para poder amarme así a mí mismo, necesitodescubrir el Amor misericordioso de mi Padre Dios.«Dios me...
17. Cfr. 1 Jn. 4, 8.18. Por eso le dediqué todo un libro a este tema (cfr. Amor yautoestima, Rialp, Madrid 2009.19. L. Tre...
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Tema 4. ¿para qué practicar?

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Tema 4. ¿para qué practicar?

  1. 1. Tema 4: ¿Por qué practicar?Curso en línea "Catequesis básica para padres"Autor: Michel Esparza | Fuente: http://sontushijos.orgEl anexo lo pueden consultar en el siguiente enlace:http://www.es.catholic.net/familiayvida/959/3243/articulo.php?id=53506Tema 4: ¿Por qué practicar?(Redención y sacramentos) "La gracia sana y eleva la naturaleza humana" (Adagio teológico)IntroducciónEn la sesión anterior hemos considerado el origen y el sentido delsufrimiento. Vimos que si el hombre emplea mal su libertad se alejade Dios y se deshace poco a poco. Impresiona constatar cuánto dolortrae consigo el pecado. El estado en el que ha quedado la humanidadcomo consecuencia del pecado es realmente penoso. No nos damoscuenta porque estamos acostumbrados a ello. Pero si pudiésemosvisitar un planeta en el que también hubieran sido puestos loshombres y en el que no hubiera habido pecado, el gran contraste queapreciaríamos nos abriría los ojos. Allí, todos se parecerían a laVirgen María. Y, al volver a esta tierra, suplicaríamosvehementemente a Dios que nos enviase un Redentor.Vimos también que gracias a la Redención, Jesús nos reconcilia conDios "haciendo así posible la salvación eterna", nos enseña atransformar el dolor en sacrificio corredentor inspirado por el amor ynos proporciona una gracia salvífica capaz de curar las heridas que elpecado ha infligido en nuestra naturaleza. Esa gracia se nosadministra ordinariamente a través de los sacramentos. En estecapítulo haremos hincapié en el aspecto curativo de la gracia. En elúltimo capítulo nos detendremos en la esperanza de Vida Eterna delos redimidos por Cristo.¿Por qué practicar nuestra fe? ¿Por qué vale la pena frecuentar lossacramentos que Cristo ha instituido para nuestra salvación? Laprimera razón es que Cristo no se impone. Espera, por tanto, que lepermitamos libremente salvarnos. Si deseamos que Cristo nos salve,tenemos que mostrarle con hechos nuestra buena voluntad. Si,después de ser evangelizados, creemos en Jesucristo, lo lógico es quele demostremos nuestra confianza acudiendo a las fuentes de lagracia. Si no estamos bautizados y sabemos que ese sacramento
  2. 2. abre la puerta a todas las promesas de Cristo, lo lógico es que nospreparemos para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana: elBautismo y la Confirmación. Si ya estamos bautizados y nosenteramos de que lo mínimo que el Señor pide para salvarnosconsiste en asistir a la Santa Misa cada domingo y fiesta de guardar,así como confesar, con contrición y propósito de enmienda, todosnuestros pecados mortales, pues lo hacemos con más o menosganas, pero gustosamente.De todos modos no basta con cumplir. Se nos pide amar. Elcristianismo no puede ser reducido a una simple ideología o a unaética: a un modo de ver la vida o a un código de reglas de conducta.La vida cristiana no consiste sólo en profesar unas verdades de fe yen cumplir unos preceptos morales. El ideal cristiano consiste, antetodo, en una vida vivida por amor a Quien, dentro de los límites quele impone su delicado respeto de nuestra libertad, hace todo loposible por revelarnos su Amor. Como afirma André Frossard, «elcristianismo no es una concepción del mundo, y ni tan siquiera unaregla de vida; es la historia de un amor que recomienza con cadaalma»1.El amor exige que busquemos ante todo el bien de la persona amada.No voy a Misa y confieso mis pecados sólo porque me conviene. Si seha establecido una relación de amor con Cristo, asisto a Misa porquesé que es algo que Él ha inventado como medio de entregarse a mí yde darme la fuerza para ser buen discípulo suyo. Si no asisto a Misa,me pena sobre todo porque sé que Él me ha estado esperando. Noconfieso mis pecados sólo para quedarme yo tranquilo. Confieso mispecados sobre todo porque el Padre de la parábola está tristemientras el hijo pródigo está lejos de casa. Intuyo que le procuro unaalegría proporcional al amor que me tiene.Cristo desea que le amenos desinteresadamente. Nos invita a lasantidad "perfección de amor", pero entiende nuestra miseria. Poreso, perdona por ejemplo nuestros pecados aunque acudamos alsacramento de la reconciliación con una contrición imperfecta. Enconsecuencia, mientras vamos cimentando nuestros propósitos deamarle de modo más perfecto, es lógico que queramos profundizar enlas razones por las que nos conviene beber en las fuentes de lagracia. Y una de esas razones de conveniencia es que nuestrafelicidad depende de la calidad de nuestros amores. El santo es elmás feliz. Intentaré mostrar, por tanto, que la santidad es imposiblesin la curación que lleva a cabo la gracia en nuestras almas. Peroantes nos detenemos brevemente en los sacramentos como fue antesde gracia.
  3. 3. ¿Qué son y cómo actúan los sacramentos?Vale la pena recordar la doctrina católica acerca de los sacramentos.En resumen, dice así: «Los sacramentos son signos eficaces de lagracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cualesnos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales lossacramentos son celebrados significan y realizan las gracias propiasde cada sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con lasdisposiciones requeridas»2.Los siete sacramentos instituidos por Cristo son signos sensibles queconfieren la gracia que significan. No es casual, por ejemplo, queCristo haya elegido el agua como materia del sacramento delBautismo, o el pan para la Eucaristía. El agua sirve para lavar y elBautismo limpia el alma; el pan sirve para alimentarse y la Eucaristíanos proporciona alimento espiritual.Conviene recordar que los sacramentos tienen una eficacia infalible.Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, los sacramentos«son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo»3. Eso significa quelos sacramentos obran "según las palabras de un Concilio" «ex opereoperato», es decir, «por el hecho mismo de que la acción esrealizada»4. No obran porque el sacerdote sea ejemplar o tenga tresDoctorados en teología, sino «en virtud de la obra salvífica de Cristo,realizada de una vez por todas»5. De ahí se sigue, con palabras deSanto Tomás de Aquino, que «el sacramento no actúa en virtud de lajusticia del hombre que lo da o que lo recibe, sino por el poder deDios»6. Por tanto, «siempre que un sacramento es celebradoconforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de suEspíritu actúa en él y por él, independientemente de la santidadpersonal del ministro. Sin embargo, los frutos de los sacramentosdependen también de las disposiciones del que los recibe»7. En esesentido, un mismo sacramento puede tener mayor o menor eficaciaen función de las disposiciones interiores de quienes lo reciben («exopere operantis»). Los sacramentos tienen una eficaciaextraordinaria, pero nuestra miseria suele limitar esa eficacia. Unasola Comunión eucarística bastaría para hacernos santos si larecibiésemos con disposiciones ideales. Por su parte, el ministro sólopuede ayudar de modo indirecto a la eficacia del sacramento. Así, unsacerdote que celebra la Santa Misa con gran unión y amor a Cristopuede ayudar a los asistentes a disponerse mejor.He querido recordar este aspecto de la doctrina católica porque seolvida con gran frecuencia. Lo más impresionante de los sacramentoses la realidad metaempírica. Dado que nosotros conocemos a travésde los sentidos, nos cuesta adentrarnos en esas realidadesmaravillosas que sólo conocemos a través de la fe. Por eso seentiende que haya quienes prefieran una Misa porque el celebrante
  4. 4. resulta más entretenido en sus homilías. Evidentemente, todo esoayuda. Pero quien conecte con lo esencial -quien sepa que laEucaristía «es una invención en la que se manifiesta la genialidad deuna sabiduría que es simultáneamente locura de amor» 8, podría viviruna profunda emoción asistiendo a una Misa celebrada en chino porun viejo sacerdote a quien apenas se le oye, a las siete de la mañanaen una iglesia gélida y fea.La Eucaristía es lo más grande que se pueda celebrar en la tierra. Secelebra en la tierra, pero participa todo el Cielo. En la Santa Misaasistimos a todos los dolores y gozos redentores de Cristo. Con lasúltimas palabras de la Consagración -«Haced esto en conmemoraciónmía»-, el Señor instituyó dos sacramentos: la Eucaristía y el Ordensacerdotal. Nuestra lengua no es capaz de reproducir el significadoexacto de la palabra "conmemoración". Es, escribe Juan Pablo II,«"memorial" que se actualiza; no vuelta simbólica al pasado, sinopresencia viva del Señor en medio de los suyos»9. La Eucaristía noes, pues, la representación simbólica de un hecho pasado. Es unsacrificio que se sigue perpetuando de modo misterioso pero real. Enla Santa Misa, presenciamos con los ojos del alma losacontecimientos más importantes de la Redención y de laGlorificación de Cristo. Asistir a la renovación eucarística del misteriopascual no es comparable a ver una obra de teatro o una película; noes ni siquiera semejante a un acontecimiento retransmitido endiferido: celebrar o asistir a la Santa Misa equivale a ¡presenciar endirecto todos los dolores y gozos redentores de Cristo!Por falta de formación, hay quienes abandonan la práctica religiosa,sencillamente porque se aburren. Es como tener que asistir una vez ala semana a la misma obra de teatro, con muy pocas variaciones.Confunden sacramentos con simples ritos. Exagerando un poco, sepodría resumir así la esencia de los sacramentos para quienes sequedan en lo meramente visible: cada vez que un miembro denuestra comunidad de creyentes nace, conviene celebrarlo llevando alniño al local en el que nos reunimos; cuando se hace mayor,celebramos su entrada en sociedad; tenemos que guardar contacto,así es que nos reuniremos todos los domingos en nuestro local;alguien tiene que ser el animador, así es que escogemos a uno paradirigir "el cotarro"; si alguien se porta mal, tiene que pedir perdón ala comunidad representada por el animador; es importante que lacomunidad esté presente en los momentos importantes de la vida decada miembro, luego cuando alguien se case, que vaya al local yharemos una fiesta; y cuando esté en peligro de muerte, enviaremosal animador para que le dé ánimos en nombre de todos...¡Qué gran diferencia entre asistir a Misa para coincidir con misamigos y, de paso, ver qué tal es el abrigo que se ha comprado mivecina, y participar en la Eucaristía conscientes de presenciar los
  5. 5. acontecimientos más sublimes de la historia de la Salvación! Siconvertimos nuestra vida en un sublime acto de amor corredentor, laSanta Misa se hace, cada día más, como decía San Josemaría, «elcentro y la raíz» de nuestra vida espiritual 10: el centro hacia el queconvergen todos nuestros afanes, y la raíz que alimenta toda nuestravida cristiana. Por una parte, en perfecta unidad de vida, el díaentero se convierte en una misa. Por otra parte, la comunióneucarística y el afán por corredimir con Cristo -aliviando suspadecimientos redentores- nos dan la fuerza necesaria parasobrellevar cualquier sacrificio. Con esta alma sacerdotal, nuestrapobre vida adquiere una trascendencia extraordinaria. Uniéndolo todoal Sacrificio de la Misa, cada una de nuestras acciones, incluso lasmás insignificantes, adquieren un valor incalculable. De este modo,en medio de nuestros afanes y ocupaciones cotidianas, poniendoamor en el deber de cada instante, aligeramos la Cruz de Cristo ycontribuimos a la Redención del universo, a «recapitular todas lascosas en Cristo»11.La felicidad del amorNos detenemos ahora en el curativo de la gracia redentora de Cristo.La felicidad humana pasa necesariamente a través de la apertura alamor. Por naturaleza somos seres abiertos a los demás, pero si, portimidez o egoísmo, nos encerramos en nosotros mismos, cancelamosla posibilidad de ser felices, tanto en esta vida como en la Otra. Comopersonas, nos realizamos en la medida en que, por amor, nosentregamos. Nuestro yo sólo alcanza su plenitud entregándose a untú.Tanto la antropología del pasado siglo XX como la doctrina de laIglesia están de acuerdo al afirmar que el hombre se realiza a símismo amando mucho y bien. Una de las frases del Concilio VaticanoII más citadas en el Magisterio de Juan Pablo II es que «el hombre,única criatura que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrarsu propia plenitud, si no es en la entrega sincera de sí mismo a losdemás»12.Puesto que nuestra felicidad depende de la calidad de nuestro amor,ningún progreso en la vida es tan importante como el progreso en elamor. De poco serviría adquirir amplios conocimientos técnicos yobtener todo tipo de diplomas, si fuésemos ignorantes acerca delamor.Sin duda, el bienestar material contribuye algo a nuestra felicidad,pero el grado más alto de felicidad proviene de dar y de recibir amor.Y cuanto más perfecto es el amor, mayor felicidad procura. Tambiénel egoísta goza de cierta felicidad, pero no sabe lo que se pierde; con
  6. 6. razón, en francés, "infeliz" se dice "malfeliz"(malheureux). Nadaduele tanto como la soledad, entendida como ausencia de amor.En el amor, cabe un progreso interminable. Entre un amorcompulsivamente egoísta y un amor libremente abnegado, existetoda una escala de calidad de amor. Siempre se puede amar más(con mayor intensidad y a más personas) y mejor (entrega mássacrificada, con mejores intenciones, con mayor libertad interior ycon mayor respeto de la libertad ajena).Para progresar en el amor, no basta con tener buena voluntad. Aveces, queremos pero no podemos. Quisiéramos, por ejemplo, nosentir resentimiento hacia alguien que nos ha ofendido, pero losentimos igualmente; quisiéramos olvidar algún agravio yaperdonado, pero no lo conseguimos, porque nuestra naturaleza se hadeteriorado a causa del lastre que deja el pecado.Estoy, pues, convencido de que la vida cristiana supone una ayudadecisiva para progresar en el ideal del amor, más aún: que sin laayuda de la gracia divina es imposible alcanzar las altas cumbres delamor. Y es que el corazón, el pensamiento y la voluntad de todo serhumano están contaminados por cierto egoísmo espiritual. Por tanto,mientras no se purifiquen nuestros afectos e intenciones, no seráposible alcanzar una alta calidad de amor. Y es aquí precisamentedonde entra en acción la gracia redentora de Cristo, una gracia quenos cura de nuestra incapacidad de amar de modo libre ydesinteresado.Querer, saber y poderDios nos ha creado para amar como Él ama. Pero, por el pecado,somos como una lavadora que se ha averiado por haber sido malutilizada. Dios se ha encarnado con el fin de mostrarnos cómotenemos que ser y de darnos los medios para arreglar losdesperfectos.La experiencia muestra que el egoísmo anida en el corazón delhombre. Se ve en los niños, incluso antes de alcanzar al uso derazón. Me contaba un experto pediatra que incluso un niño de variosmeses puede comportarse de modo histérico y egoísta. Me refería elcaso de un niño de seis meses que tuvo un episodio de apnea. Norespiraba y su madre se alarmó muchísimo. Desde entonces el niño,para que su madre le prestara atención, simulaba episodios deapnea. «Yo se lo curo -le dijo el pediatra a la madre-: tráigamelo unasemana a la clínica». En efecto, una semana más tarde el niño estabacurado. Cuando la madre preguntó al médico qué tratamiento habíaempleado, éste le dijo que todo había sido muy sencillo: que habíabastado con no hacer caso al niño cada vez que parecía que no podía
  7. 7. respirar.En la raíz de todo mal moral, hay siempre tres posibles causasentremezcladas: mala voluntad (no querer), ignorancia (no saber), eincapacidad (no poder). Al revés, para amar de verdad no basta conbuena voluntad (querer) y formación (saber). Necesitamos tambiénaprender a curar nuestra incapacidad. Para poder vencer en esaspeleas que nos superan, conviene indagar las causas más profundas,remover cimientos, operar sobre nuestros sentimientos de fondo.Por tanto, para progresar en el amor, hacen falta querer, saber ypoder. No basta con proponérselo. Hace falta también un aprendizajey una capacitación. Ante todo necesitamos aprender a amar. Haygente que piensa que todo el mundo sabe instintivamente en quéconsiste el amor perfecto. Se casan, por ejemplo, y no aceptanconsejos para mejorar su vida matrimonial. Les parece que delmismo modo que saben andar, saben cómo sacar adelante unmatrimonio. Incluso cuando surgen dificultades, es posible queatribuyan la causa de sus problemas a haberse equivocado en laelección del cónyuge, en vez de deberse a que no saben amar.Recuerdo una persona que se había divorciado cinco veces y sóloentonces se percató de que el problema era que él no sabía amar.«Sólo ahora -decía apenado- me doy cuenta de que habría podido serfeliz con cada una de esas cinco mujeres...».Aparte de querer y de saber. Necesitamos una capacitación que pasapor un largo camino de purificación interior. En función de laperfección moral de la persona, el corazón se animaliza o seespiritualiza. Según cómo evolucionemos, nos hacemos o nosdeshacemos. La virtud congrega, el vicio disgrega. El hombre seperfecciona en la medida en que integra todos sus recursos con el finde amar cada vez más y mejor. Si lo logra, vive en armonía con Dios,consigo mismo y con los demás. El desamor, en cambio, surte elefecto contrario; según Juan Pablo II, el pecado «aleja al hombre deDios, lo aleja de sí mismo y de los demás»13.Para purificarnos, debemos desandar el camino equivocado, poniendoorden en el desbarajuste interior causado por el pecado. Vale la penapues de ello depende nuestra felicidad. Además, si queremos ir alCielo, tarde o temprano, aquí o en el Purgatorio, nos tendremos quepurificar. Para ello, necesitamos una profunda conversión interior alcalor de la gracia divina y de nuestra buena voluntad.Cuanto más conscientes somos de nuestras incapacidades y denuestras heridas, mejor entendemos que la perfección del amor no esposible sin una especial ayuda divina. Cuanto más conscientesseamos de las profundas raíces de nuestras heridas interiores, mejorentendemos la necesidad de esa gracia divina que sana, y por qué la
  8. 8. Iglesia recomienda la confesión frecuente, aunque no haya pecadosmortales, como medio de curar nuestras incapacidades.Una gracia que dignifica y sanaCristo no se limita a enseñarnos a amar. Nos ofrece también unagracia que nos capacita para amar como Él ama. En la Última Cena,al darnos su «mandamiento nuevo», nos pidió que nos amásemosunos a otros como Él nos ha amado14. Esto implica una veladapromesa de asistencia para lograrlo. Su mandamiento es nuevo,entre otras cosas porque la calidad del amor que nos pide excedenuestras posibilidades naturales. Sin la ayuda de la gracia, el ejemplode Cristo sería inimitable.Gran parte del egoísmo del yo que enturbia el corazón escapa alcontrol de la voluntad. Por eso necesitamos esa gracia que Cristo noscomunica a través de los sacramentos, sobre todo a través de laConfesión y de la Eucaristía; necesitamos, como escribe Juan PabloII, esa «fuerza que transforma interiormente al hombre» 15, ese dondel Espíritu Santo que «transforma el mundo humano desde dentro,desde el interior de los corazones y de las conciencias»16.Dios, que es Amor17, se revela y comunica a través de Cristo. Elhombre ha sido creado para amar como Cristo ama, pero el pecadose lo impide y necesita que la gracia cure su incapacidad. La graciasantificante es el don del Espíritu Santo obtenido por Cristo en laCruz. Se trata de un don sobrenatural que, al transformarnosinteriormente, nos capacita para amar como Cristo ama. Para llevar acabo esa misteriosa transformación, el Espíritu Santo opera ennosotros de modo progresivo tres efectos conjuntos: ilumina nuestroentendimiento para comprender el Amor de Dios, inflama nuestravoluntad para encendernos en deseos de corresponderle, y purificanuestro corazón para conformar nuestros afectos con los de Cristo.La santidad, como perfección de amor, no es posible sin la ayudadivina. Salvación viene de salud: para salvar hay que sanar. SóloDios es Santo: sólo Él ama de modo plenamente perfecto. Y es Cristoquien, por medio de la gracia santificante, nos eleva a la dignidad dehijos de Dios y cura el poso de egoísmo que el pecado ha depositadoen nuestra naturaleza. «La gracia sana y eleva», se afirma enteología: la gracia cura nuestra incapacidad de amar bien -de modolibre, desprendido y desinteresado-, y nos eleva a la dignidad de hijosde Dios. Si lo que hay que curar es ante todo ese amor propio quepervierte nuestro amor, no es de extrañar que uno de los caminosque sigue la gracia para llevar a cabo esa curación consista enayudarnos a tomar conciencia de la elevación a la dignidad de hijosde Dios.
  9. 9. Cristo es, pues, a la vez modelo y fuente de amor perfecto. Nosenseña a amar y, mediante esa gracia que nos cura y dignifica, noscapacita para amar como Él ama. Por tanto, en la medida en que nosdejamos penetrar por la gracia, podemos alcanzar esa verdaderafelicidad que consiste en dar y en recibir un amor de gran calidad.Sólo un Amor incondicional me puede curar¿Por qué el Amor de Dios cura nuestra incapacidad de amar de modoideal? Es algo que no se puede ventilar en unos minutos 18. Pero, enresumen, diré que el egoísmo que más impide el amor verdadero esla soberbia. Lo que más nos molesta a la hora de amar libre ydesinteresadamente son los problemas del yo, esa necesidad quetenemos de gustar a otros para poder gustarnos a nosotros mismos.Y es que existe una estrecha relación entre ser amado, amarse a símismo y amar a los demás. Por una parte, ver que alguien me ama,favorece mi autoestima. Por otra parte, existe una relación entre laactitud hacia mí mismo y la calidad de mi amor a los demás. Paravivir en paz con los demás, es preciso que viva primero en pazconmigo mismo. Nada me separa tanto de los demás como mi propiainsatisfacción. Veo que los mayores criticones son con frecuenciaaquellos que han desarrollado una actitud hostil hacia sí mismos.Nada me ayuda tanto a valorarme como experimentar un amorincondicional. Si no, ¿cómo podría yo amarme a mí mismo sabiendoque tengo tantos defectos? Quizá por eso anhelo ser amado de modoincondicional. Y es que los complejos, tanto de inferioridad como desuperioridad, deterioran mi paz interior y mis relaciones con losdemás, y sólo desaparecen en la medida en que amo a alguien queme ama tal como soy. Pero ¿podría yo recibir de una criatura unamor estable e incondicional? ¿No es acaso Dios el único capaz deamarme de ese modo? Sin duda, el amor humano es más tangible,pero de una calidad muy inferior a la del amor divino. El amor de mispadres o de buenos amigos me ayuda a asegurar mis primeros pasosen la vida, pero la experiencia me muestra que ese amor, a la larga,resulta insuficiente. Sólo el Amor de Dios logra colmar mi vacíointerior, otras soluciones de recambio (éxito y amor de otros) no mesatisfacen del todo. En épocas exitosas de la vida, advierto menosesa profunda necesidad del amor divino, pero tarde o tempranoresurge esa imperiosa necesidad.En definitiva, puesto que nadie en la tierra es capaz de amarme demodo plenamente estable e incondicional, debo concluir que eldesarrollo de mi capacidad afectiva depende, en última instancia y demodo decisivo, del descubrimiento del amor de Dios. Para poderamar a los demás sin egoísmos, esto es, por ellos mismos, deboaprender a amarme a mí mismo tal como soy, sin ningún tipo de
  10. 10. engaño fraudulento. Y para poder amarme así a mí mismo, necesitodescubrir el Amor misericordioso de mi Padre Dios.«Dios me ama -escribe Leo Trese-. Esa es la última y suprema razónde mi existencia. Sobre esta convicción, sobre esta realidad fecunda,debo construir toda mi vida espiritual»19. La única solución estable delos problemas provenientes del egoísmo que anida en mi corazónpasa a través de la toma de conciencia de mi dignidad, gracias alAmor de Quien más y mejor me ama. Dios me ama tal como soy y suAmor me confiere una dignidad inestimable. Y Dios no me ama sólode modo general: puedo afirmar que lo soy todo para Él. Se trata,pues, de contraponer a la soberbia «el gozo humilde de saberseamado por Dios, no porque yo lo merezca sino porque Dios esbueno»20.Saberse objeto de la complacencia divina es algo que nos purifica elalma. El arte de la humildad -y de la santidad-consiste en vaciarse deuno mismo para poder llenarse de Dios, y también en llenarse deDios para poder vaciarse de uno mismo. Por tanto, para avanzar porel camino de vida cristiana, precisamos una honda conversióninterior: tenemos que estar firmemente decididos a abandonar falsasseguridades y a abandonarnos confiadamente en el Amor del Señor.Muchos hacen depender su felicidad de condiciones de futuro. Pero esimposible satisfacer establemente las expectativas del propio yo. Encambio, estar a bien con Nuestro Padre Dios es muy fácil. O somosfelices hoy y ahora, tal como somos y con lo que tenemos, o no loseremos nunca.----------------1. A. Frossard, Los grandes pastores, Rialp, Madrid 1993, p. 115.2. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1131.3. Ibidem, n. 1127.4. Concilio de Trento, Denzinger, n. 1608.5. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1128.6. S. Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, qu.68, a. 8.7. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1128.8. Comité para el Jubileo del año 2000, La Eucaristía, Sacramento devida nueva, BAC, Madrid 1999, p. 17.9. Juan Pablo II , Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santode 2000, n. 12.10. J. Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 87.11. Ef. 1, 10.12. Gaudium et spes, n. 24.13. Juan Pablo II, Dies Domini, n. 63.14. Cfr. Jn. 13, 34.15. Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 18.16. Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n 59.
  11. 11. 17. Cfr. 1 Jn. 4, 8.18. Por eso le dediqué todo un libro a este tema (cfr. Amor yautoestima, Rialp, Madrid 2009.19. L. Trese, Dios necesita de ti, Palabra, 6ª edición, Madrid 1990, p.25.20. C. Cardona, Metafísica del bien y del mal, EUNSA, Pamplona1987, p. 130.--------------

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