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Tema 5: ¿Qué hay después de la muerte?Curso en línea "Catequesis básica para padres"Autor: Michel Esparza | Fuente: http:/...
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Esta perfecta unidad de la persona humana sólo ha sido explicadasatisfactoriamente -sin caer en dualismos- por la filosofí...
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El PurgatorioAl Cielo, directamente, sólo van los santos. Por tanto, si de verdadqueremos ir al Cielo, tarde o temprano ne...
6. Hay que proponer hoy de nuevo un último aspecto importante, quela tradición de la Iglesia siempre ha puesto de relieve:...
de Dios (cf. Sal, 104, 2 s; 115, 16; Is 66, l). [...] A la representacióndel cielo como morada trascendente del Dios vivo,...
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Continuamente oímos decir que el infierno tiene que ser mucho másdivertido, pues allí estarán seguramente todas las person...
Dos personas unidas por un amor altamente desinteresadoexperimentan una dicha difícil de describir. Su recíproca entregapr...
Juan de la Cruz, dice Dios al alma: «Yo soy tuyo y para ti y gustode ser tal cual soy por ser tuyo y para darme a ti»22. S...
10. I. Socías, Sin miedo a la verdad, o.c., p. 144.11. C.S. Lewis, Mero cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 108.12. F. Do...
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Tema 5. ¿qué hay después de la muerte?

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Tema 5. ¿qué hay después de la muerte?

  1. 1. Tema 5: ¿Qué hay después de la muerte?Curso en línea "Catequesis básica para padres"Autor: Michel Esparza | Fuente: http://sontushijos.orgOs felicito porque habéis respondido muy bien a las dos preguntas deltema 4. La segunda de ellas -acerca de la posibilidad de amar demodo perfecto- revestía una importancia especial. Se trataba deentender que, con la gracia redentora de Cristo, podemos serrealmente santos: basta con quererlo y con procurarse los mediospara saber y poder. Es importante, en definitiva, (re-) descubrir quetodos los bautizados estamos llamados a la santidad. Ciertamente, enesta vida no podemos igualar la pureza del amor divino, pero nosconsuela saber que todos los santos murieron teniendo defectos: elsanto no es el que lo hace todo bien, sino el que alcanza una altacalidad de amor, que se demuestra, entre otras cosas, en la facilidadpara pedir humildemente perdón por los propios fallos.Con el tema 5, que estudiáis a continuación, terminaremos la primeraparte del curso, dedicada a ilustrar las verdades de la fe.-----------------------------LAS RAZONES DEL CREYENTE(Breve introducción a la fe católica)Tema 5: ¿Qué hay después de la muerte?(La esperanza cristiana)“Si conocieras el don de Dios” (Jn. 4, 10)IntroducciónEn la sesión anterior hicimos hincapié en el aspecto curativo de lagracia redentora de Cristo que se nos comunica a través de lossacramentos. En esta sesión nos detenemos en la esperanza de VidaEterna del cristiano que se identifica con Cristo muerto y resucitado.Como afirma San Pablo, los cristianos vivimos «Expectantes beatamspem» («con bienaventurada esperanza»)1.Muchos cristianos cometen el error de creer en el Cielo pero nointentar imaginárselo. Quieren ir al Cielo sólo porque saben que es lomejor. Quizá por eso, a pesar de haber oído hablar de las promesasde Cristo, se hunden cada vez que la muerte acecha. «La expectativade la vida perdurable -afirma Julián Marías- es el núcleo esencial dela perspectiva cristiana. Si la relación con Dios se limitara a la vidaterrenal, la religión misma perdería su sentido. Es lo más importante,
  2. 2. justificación de todo lo demás, orientado hacia esa esperanza. Sinembargo, a lo largo de la historia se ha descuidado algo que siemprehe creído decisivo: su imaginación. Si esa vida no es imaginada, nopuede ser deseada en concreto, sino de manera abstracta y débil» 2.Cristo nos reveló que tras la muerte viene el Juicio y que, según loque hayamos elegido, iremos eternamente al Cielo -eventualmenteprecedido por un estado transitorio de purificación llamadoPurgatorio- o al Infierno. Pero antes de considerar esas realidades,preguntémonos si es posible demostrar la inmortalidad del alma.La inmortalidad del alma a la luz de la razónLa fe nos dice qué sucede exactamente después de la muerte, perocon la sola razón podemos demostrar que no todo termina con lamuerte. Ya Platón, hace 24 siglos, demostró que nuestra alma esinmortal: incorruptible e indestructible. San Agustín y Santo Tomásde Aquino recogen sus argumentos y los perfeccionan.En general, esos argumentos se apoyan en la naturaleza espiritual delalma humana. Si conseguimos mostrar que en el hombre no todo esmateria -como sostiene un materialismo-, si el hombre es capaz detrascender la materia por ser mucho más que un simple animal algomás sofisticado, si en la persona humana hay una realidad másanclada en el ser que la materia, concluiremos que el alma esincorruptible, es decir, que el futuro de esta realidad espiritualpresente en nosotros no se rige por las leyes de la materia. Lamateria sufre cambios sustanciales (la madera quemada, porejemplo, pasa a ser otra cosa: ceniza), mientras que el alma no esuna sustancia contingente, sino necesaria. El único devenir posible deuna sustancia de naturaleza espiritual es la aniquilación, algo que, enprincipio, el Dios nunca hace. Al contrario que la materia, el alma essimple: no se puede destruir.En el hombre conviven realidades corporales (hambre) y espirituales(inteligencia que abstrae y voluntad libre). No somos ni animales niángeles, sino una mezcla de ambos. Ambas dimensiones estáníntimamente unidas. Por un lado, si te pegan una torta, aparte dedolerte la cara y el corazón, sientes que se atenta contra tu dignidad,o si no duermes lo suficiente, eres incapaz de reflexionar. Por otrolado, si te “duele” el alma, el cuerpo lo exterioriza, por ejemplo condolor de cabeza. La unidad de la persona humana es impresionante.Como observa Thibon, «la operación más groseramente carnal -porejemplo el acto de comer- implica un cierto consentimiento y unacierta delectación del espíritu; y, recíprocamente, la más nobleactividad espiritual se apoya sobre un mínimo de resonanciasensitiva»3.
  3. 3. Esta perfecta unidad de la persona humana sólo ha sido explicadasatisfactoriamente -sin caer en dualismos- por la filosofía aristotelico-tomista. Según ésta, el alma es forma del cuerpo; necesita del cuerpopara expresarse y obtener datos a través de los sentidos, aunque, depor sí, es una sustancia subsistente (capaz de existir conindependencia del cuerpo y, por tanto, incorruptible o inmortal).Algunos expertos en neurología, influidos por prejuiciosreduccionistas, afirman que somos animales más evolucionados. Sumaterialismo no logra explicar la conciencia y pensamiento del serhumano. Se apoyan en una especie de creencia según la cual llegaráun día en que sabremos explicarlo todo de modo científico.Ciertamente no conocemos suficientemente el funcionamiento delcerebro, pero nuestros 20.000 millones de neuronas y 1.600 billonesde conexiones entre ellas no podrán jamás explicar nuestrashabilidades intelectuales y volitivas. Nuestra mente es superior a unordenador de gran capacidad. También hay expertos enneurofisiología -Wilder Penfield o premios nóbeles como John Eccles yCharles Sherrington- que defienden posiciones no materialistas.Como afirmó Roger Sperry (Nobel de Medicina en 1981 por susestudios de las funciones especializadas del cerebro humano):«nuestra interpretación de los hechos tiende a devolver a la mente suantigua posición privilegiada sobre la materia, porque muestra quelos fenómenos mentales trascienden los de la fisiología y labioquímica»4.En filosofía, el camino más sencillo para mostrar la espiritualidad delalma consiste en estudiar sus dos potencias: intelecto y voluntad. Encuanto al intelecto, veamos tres aspectos que serían imposibles siéste fuese meramente material: la capacidad de abstracción, launiversalidad de los conceptos que pueden ser abstraídos y laautorreflexión.Ya la simple capacidad de abstracción presupone espiritualidad. Losanimales no trascienden el ámbito de lo particular. Tienen un sentidointerno (la estimativa) que les permite sacar lecciones de laexperiencia, pero no tienen capacidad de abstracción. Recuerdo unaconferencia de Jerôme Lejeune (el que descubrió en Genética elsíndrome de Down) en la que preguntaba: «¿Se imaginan ustedes uncongreso filosófico de chimpancés intentando dilucidar la esencia del“ser chimpancé”?». Ya lo decía Chesterton: «Hay gente intentandodemostrar con su inteligencia que con su inteligencia no se puededemostrar nada». «El conocimiento de la verdad -sintetiza JosephPieper-, a pesar de sus condicionamientos orgánicos, es un fenómenoíntima y naturalmente independiente de todo término material. Estoes reconocido, de hecho y por la evidencia de la misma cosa, portodos los hombres, tanto por los que lo saben, como por los que no losaben, en incluso por aquellos que lo niegan expresa y
  4. 4. formalmente»5.Aparte de inducir conclusiones universales a partir de datosparticulares, podemos abstraer un número ilimitado de objetos. Sinuestro intelecto se redujese a las neuronas del cerebro, sucapacidad sería necesariamente reducida. En todo disco duro de unordenador cabe una cantidad limitada de información. Sin embargo,podemos abstraer una infinidad de objetos diversos.Más llamativa aún es nuestra capacidad de autorreflexión. Puedoahora pensar sobre mi pensar de mi pensar... Si mi intelecto fuesematerial no podría volverse de modo inmediato sobre sí mismo. Misojos, por ejemplo, al ser materiales, pueden ver cualquier cosamenos a sí mismos de modo directo (en un espejo, sí). La materiasiempre está extendida en el espacio: no puede volver sobre símisma. En cambio, el hombre usa su intelecto para discurrir sobre suintelecto...Otro tanto podría decirse sobre la voluntad. Sabemos por experienciaque, a pesar de las circunstancias, la última decisión siempre esnuestra. Si el hombre, a pesar de sus condicionamientos, es libre,podemos trascender la materia. No me imagino a un animal haciendouna huelga de hambre. Un animal se conduce siempre por susinstintos. Si está hambriento y, fuera de peligro, ve comida, siempreva a por ella. En cambio, un hombre firmemente decidido, es capazde no apartar la mano del fuego, por mucho que todas sus neuronasestén transmitiendo órdenes a los músculos para retirar la mano.Muchos autores que han pretendido negar la libertad humana comomodo de evitar la responsabilidad personal. Contrariamente a lo quedecía, por ejemplo, Skinner, fundador del conductismo, la experienciamuestra que el hombre es su último determinante: que nuestralibertad es limitada pero real. En una novela, una catedrática debiología dice a propósito de su novio: «En ocasiones, justifica a losdemás casi hasta el punto de negar que son responsables de susactos. Yo creo en el libre albedrío y no niego la influencia de lagenética y del entorno (¿cómo podría un biólogo negar eso?, y estoysegura de que estamos programados biológicamente para hacermuchas de las cosas que hacemos. Sin embargo, aun dentro de esoslímites, creo que podemos elegir. La idea de que el destino nos dirige,y de que somos incapaces de oponer resistencia o alterar nuestrorumbo, me suena a excusa»6.El hombre es capaz de actuar de modo contrario a todas lasexpectativas lógicas. Una prueba fáctica de la existencia de la libertades la conversión de personas depravadas. Frankl cuenta al respecto7el caso del Doctor J., destacado miembro de las SS. Fue llamado “elasesino de masas de Steinhof” (un hospital psiquiátrico de Viena),
  5. 5. porque no paró hasta llevar a las cámaras de gas a todos losenfermos psiquiátricos de ese hospital vienés. Años después, Franklse enteró de que había muerto como un santo. Alguien que habíacoincidido con ese alemán durante años de cautiverio en Rusia lecontó a Frankl que el Doctor J. había sido su mejor amigo. La pocacomida que les daban la repartía entre sus compañeros de prisión. Sedesvivía por todos.Aparte de la filosofía y de la Revelación, ¿existen más fuentes parasaber algo sobre la vida en el “Más allá”? Existen testimonios seriosacerca de difuntos a quienes Dios permite comunicarse de formaobjetiva con personas vivas8. Que cada uno juzgue por sí mismo.El infiernoLa razón nos dice que, tras la muerte, el cuerpo, siguiendo las leyesde la naturaleza material, se corrompe, pero que el alma, al ser denaturaleza incorruptible, sigue subsistiendo. ¿Pero a dónde va? Contotal seguridad eso sólo se puede saber por la fe. Veamos lo que dicela Revelación a propósito de las realidades últimas. Lo haremos conpalabras de Juan Pablo II. Empezamos con el infierno:El infierno como rechazo definitivo de DiosAlocución del Miércoles 28 de julio de 19991. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, pordesgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puedeelegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando asípara siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágicasituación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla decondenación o infierno. No se trata de un castigo de Dios infligidodesde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por elhombre en esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conllevaesta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz dealgunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, comose suele decir, en «un infierno». Con todo, en sentido teológico, elinfierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecadomismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación enque se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padreincluso en el último instante de su vida.2. Para describir esta realidad, [...] el Nuevo Testamento anuncia queCristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido supoder liberador también en el reino de los muertos.Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvaciónque corresponde al hombre acoger con libertad. Por eso, cada unoserá juzgado «de acuerdo con sus obras» (Ap 20, 13). Recurriendo a
  6. 6. imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a losobradores de iniquidad como un horno ardiente, donde «será el llantoy el rechinar de dientes» (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como lagehenna de «fuego que no se apaga» (Mc 9, 43). Todo ello esexpresado, con forma de narración, en la parábola del rico epulón, enla que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sinposibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Lc 16, 19-31).[...].3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta elinfierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completafrustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que unlugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre ydefinitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Asíresume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesiacatólica: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger elamor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de élpara siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado deautoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con losbienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» (n.1033)9.Por eso, la «condenación» no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios,dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino lasalvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura laque se cierra a su amor. La «condenación» consiste precisamente enque el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre yconfirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. Lasentencia de Dios ratifica ese estado.4. [...] La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no noses dado conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos,y cuáles, han quedado implicados efectivamente en ella. Elpensamiento del infierno -y mucho menos la utilización impropia delas imágenes bíblicas- no debe crear psicosis o angustia; perorepresenta una exhortación necesaria y saludable a la libertad [...]».El Infierno no se explica sin la libertad. Se suele decir que el infiernoestá cerrado con llave... ¡por dentro! ¿Pero cómo explicar que hayagente que se empeñe en ir allí? Quizá es gente tan acostumbrada avivir en la “oscuridad”, que cuando ven el Cielo lleno de “luz”, sedicen: «allí no voy ni loco». ¿Pero cómo es posible que alguien se“coma el coco” hasta el punto de preferir la oscuridad a la luz, lasoledad a la compañía amorosa?La capacidad que tenemos de autoengaño puede ir muy lejos. Lasoberbia permite justificar lo injustificable. «Fuera de las cárceles -cuenta Silvester Krcméry, un testigo de los horrores de los campos de
  7. 7. concentración comunistas en Eslovaquia-, muchos hombres de laSeguridad del Estado solían comportarse con gran seguridad en símismos afirmando cosas como ésta: "Nunca he hecho daño a nadieen mi vida, quizá he dejado de ayudar a alguien por inadvertencia".Suena casi irónico, pero ha sido lo típico en los más sádicos»10. Laexperiencia muestra que quien confiesa a menudo sus pecados suelesaber de qué confesarse, mientras que quien nunca lo hace no sabede qué confesarse. «Cuando un hombre se va haciendo mejor -observa Lewis-, comprende con más claridad el mal que aún quedadentro de él. Cuando un hombre se hace peor, comprende cada vezmenos su maldad. Un hombre moderadamente malo sabe que no esmuy bueno: un hombre totalmente malo piensa que está bastantebien. Esto, después de todo, es de sentido común. Comprendemos elsueño cuando estamos despiertos, no mientras dormimos» 11.Quien se miente habitualmente a sí mismo puede terminarcreyéndose sus propias mentiras. Su vida entera podría terminarsiendo una mentira: ante él mismo, y ante los demás. «El hombreque se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras -advierteDostoiewski- llega a encontrarse en situación tal que no sabe ver laverdad ni en sí mismo ni a su alrededor, y pierde la propia estimacióny el respeto de los demás»12. Es la triste historia del deterioro moraldel hombre a causa de su soberbia. Mientras su conciencia le sigasusurrando que se engaña, hay todavía esperanza de salvación:significa que aún queda algo de su yo real. Lewis, en uno de suslibros13, muestra que en el infierno el autoengaño es máximo;examinando la vida de diversos habitantes del infierno, sugiere quesu soberbia les habría llevado a tal desconocimiento de sí mismos,que ya nada quedaría de su verdadero yo: al final de su vida, sóloquedaría su falso yo, estarían completamente alienados de sí mismos,totalmente fuera de la realidad, ¡todo sería mentira!En el drama del autoengaño, lo primero que se pierde es laconciencia; después, la cabeza: el entendimiento. Quien vive comopiensa, acaba pensando como vive. Sirva de ilustración un elocuentepasaje de Los intereses creados de Jacinto Benavente. En esa célebreobra de teatro, cuando el astuto Crispín propone al buen Leandro queengañe por amor, dice éste: «-Yo no puedo engañarme, Crispín. Nosoy de esos hombres que cuando venden su conciencia se creen en elcaso de vender también su entendimiento»; a lo que replica Crispín:«-Por eso dije que no servías para la política. Y bien dices. Que elentendimiento es la conciencia de la verdad, y el que llega a perderlaentre las mentiras de su vida, es como si se perdiera a sí mismo,porque nunca volverá a encontrarse ni a conocerse, y él mismovendrá a ser otra mentira»14.
  8. 8. El PurgatorioAl Cielo, directamente, sólo van los santos. Por tanto, si de verdadqueremos ir al Cielo, tarde o temprano necesariamente nostendremos que purificar. El Purgatorio es una misericordia de Dios. ElSanto Cura de Ars lo llamaba «el hospitalito del buen Dios». Allípagamos todos los platos rotos que, en estricta justicia, aún nohemos pagado, y nos dan clases (y hacemos prácticas) de santidad.En cuanto aprobamos el examen final de “amor a Dios sobre todas lascosas y a los demás como a nosotros mismos”, ya podemos ir alCielo. Veamos cómo lo explica Juan Pablo II:El purgatorio: purificación necesaria para el encuentro conDiosAlocución del miércoles 4 de agosto de 19991. A partir de la opción definitiva por Dios o contra Dios, el hombre seencuentra ante una alternativa: o vive con el Señor en labienaventuranza eterna, o permanece alejado de su presencia.Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios, perode un modo imperfecto, el camino hacia la bienaventuranza plenarequiere una purificación, que la fe de la Iglesia ilustra mediante ladoctrina del «purgatorio» (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn.1030-1032).2. En la sagrada Escritura se pueden captar algunos elementos queayudan a comprender el sentido de esta doctrina, aunque no estéenunciada de modo explícito. Expresan la convicción de que no sepuede acceder a Dios sin pasar a través de algún tipo de purificación.[...]5. Durante nuestra vida terrena, siguiendo la exhortación evangélicaa ser perfectos como el Padre celestial (cf. Mt 5, 48), estamosllamados a crecer en el amor, para hallarnos firmes e irreprensiblesen presencia de Dios Padre, en el momento de «la venida de nuestroSeñor Jesucristo, con todos sus santos» (1Ts 3, 12 s). Por otra parte,estamos invitados a «purificamos de toda mancha de la carne y delespíritu» (2Co 7, 1; cf. 1 Jn 3, 3), porque el encuentro con Diosrequiere una pureza absoluta.Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir todaimperfección del alma. La purificación debe ser completa, yprecisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre elpurgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición devida. [...]
  9. 9. 6. Hay que proponer hoy de nuevo un último aspecto importante, quela tradición de la Iglesia siempre ha puesto de relieve: la dimensióncomunitaria. En efecto, quienes se encuentran en la condición depurificación están unidos tanto a los bienaventurados, que ya gozanplenamente de la vida eterna, como a nosotros, que caminamos eneste mundo hacia la casa del Padre (cf. Catecismo de la Iglesiacatólica, n. 1032).Así como en la vida terrena los creyentes están unidos entre sí en elúnico Cuerpo místico, así también después de la muerte los que vivenen estado de purificación experimentan la misma solidaridad eclesialque actúa en la oración, en los sufragios y en la caridad de los demáshermanos en la fe. La purificación se realiza en el vínculo esencialque se crea entre quienes viven la vida del tiempo presente y quienesya gozan de la bienaventuranza eterna.Sólo tengo que añadir que vale la pena preguntarse: «Si yo murierahoy, ¿dónde iría?, y si al Purgatorio, ¿porqué? ¿qué tengo quecambiar para ir directamente al Cielo?». Es evidente que lapurificación en la tierra -por contar con la libertad- es más ligera queen el Purgatorio. Aquí nos lavamos; allí, nos lavan.El CieloAntes de intentar imaginárnoslo, veamos cómo lo explica Juan PabloII:El «cielo» como plenitud de intimidad con DiosAlocución del miércoles 21 de julio de 19991. Cuando haya pasado la figura de este mundo, los que hayanacogido a Dios en su vida y se hayan abierto sinceramente a suamor, por lo menos en el momento de la muerte, podrán gozar de laplenitud de comunión con Dios, que constituye la meta de laexistencia humana.Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, «esta vida perfectacon la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella,con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama"el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiracionesmas profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha»(n. 1024).Hoy queremos tratar de comprender el sentido bíblico del «cielo»,para poder entender mejor la realidad a la que remite esa expresión.2. [...] En el lenguaje bíblico [...] el cielo se entiende como morada
  10. 10. de Dios (cf. Sal, 104, 2 s; 115, 16; Is 66, l). [...] A la representacióndel cielo como morada trascendente del Dios vivo, se añade la delugar al que también los creyentes pueden, por gracia, subir, comomuestran en el Antiguo Testamento las historias de Enoc (cf. Gn 5,24) y Elías (cf. 2R 2, 11). Así, el cielo resulta figura de la vida enDios. En este sentido, Jesús habla de «recompensa en los cielos» (Mt5, 12) y exhorta a «amontonar tesoros en el cielo» (Mt 6, 20; cf. 19,21).3. El Nuevo Testamento profundiza la idea del cielo también enrelación con el misterio de Cristo. [...] Los creyentes, en cuantoamados de modo especial por el Padre, son resucitados con Cristo yhechos ciudadanos del cielo.4. Así pues, la participación en la completa intimidad con el Padre,después del recorrido de nuestra vida terrena, pasa por la inserciónen el misterio pascual de Cristo. San Pablo subraya con una imagenespacial muy intensa este caminar nuestro hacia Cristo en los cielosal final de los tiempos: «Después nosotros, los que vivamos, los quequedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos (losmuertos resucitados), al encuentro del Señor en los aires. Y asíestaremos siempre con el Señor. Consolados, pues,mutuamente con estas palabras» (1Ts 4, 17-18).En el marco de la Revelación sabemos que el «cielo» o la«bienaventuranza» en la que nos encontraremos no es unaabstracción, ni tampoco un lugar físico entre las nubes, sino unarelación viva y personal con la santísima Trinidad. Es el encuentro conel Padre, que se realiza en Cristo resucitado gracias a la comunión delEspíritu Santo. Es preciso mantener siempre cierta sobriedad aldescribir estas realidades últimas, ya que su representación resultasiempre inadecuada. Hoy el lenguaje personalista logra reflejar deuna forma menos impropia la situación de felicidad y paz en que nossituará la comunión definitiva con Dios.El Catecismo de la Iglesia católica sintetiza la enseñanza eclesialsobre esta verdad afirmando que, «la vida de los bienaventuradosconsiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizadapor Cristo, que asocia a su glorificación celestial a quienes han creídoen él y han permanecido fieles a su voluntad» (n. 1026).5. Con todo, esta situación final se puede anticipar de alguna manerahoy, tanto en la vida sacramental, cuyo centro es la Eucaristía, comoen el don de sí mismo mediante la caridad fraterna. Si sabemos gozarordenadamente de los bienes que el Señor nos regala cada día,experimentaremos ya la alegría y la paz de que un día gozaremosplenamente. Sabemos que en esta fase terrena todo tiene límite; sin
  11. 11. embargo, el pensamiento de las realidades últimas nos ayuda a vivirbien las realidades penúltimas.La contemplación del Cielo ya en la tierraLa esperanza cristiana se basa en las promesas hechas por el Únicoque siempre es capaz de cumplir lo prometido. Imaginar el Cielo esun gran incentivo para nuestra esperanza. Vivimos, como reza laliturgia, «esperando la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo».Estamos de viaje y es lógico que el pensamiento se nos escape haciala meta definitiva en la que nos espera la Persona que más y mejornos ama. Si le queremos con locura, deseamos ardientemente ladefinitiva unión con Él.Hay, sin embargo cristianos que sienten horror ante la muerte. Eslógico que la muerte dé miedo, aunque sólo sea porque se trata deun tránsito sobre el que desconocemos los detalles. Morir siempretiene algo de violento. Pero si consideramos que la muerte es como lallegada nupcial del Amado que viene a abrazarnos, ya no impresionatanto. «Es preciso -explica L. Trese- que nos esforcemos porcomprender lo que significa quedar sumergidos en el poderoso abrazodel Amor Absoluto, en ese amor indescriptible, pero personalísimo,mediante el cual yo seré todo de Dios y Él todo mío; una misión porla que mi alma, convertida en llama de amor, arde con una pasióninefable y gozosísima; una fusión tan arrebatadora que haceinevitable el éxtasis, un éxtasis que excluye cualquier sombra dedolor, porque no terminará nunca... Sí, cuando seamos capaces decaptar, aunque sea un poquito, la verdadera naturaleza de la visióndirecta de Dios, del amor y la felicidad que gozaremos en el cielo, lamuerte dejará de mostrarnos su sombría faz y perderemos el miedo.[...] Una emoción tan irreprimible como es el miedo se ve anuladapor otra todavía más fuerte: el amor. Este no ha arrojado de nuestrocorazón el miedo, pero lo ha convertido en algo irrelevante» 15.Tratemos de hacernos una idea del Cielo, puesto que no podemosdesear lo que no hemos imaginado. En esa tarea, no nos ayudan esosautores que lo describen como algo tedioso y poco atractivo. Louis deWohl, experto en labores de inteligencia bélica, comenta con sorna:«El tipo que inventó lo de las nubecitas, la música de arpas y loscánticos incesantes, sin duda estaba muy inspirado. Pero no por elcielo. Es una de las obras más peligrosas de propaganda infernal.Como no era posible calificar al cielo de malo, se le describióextremadamente aburrido. Y el ministerio de propaganda satánicotuvo aquí la colaboración de un fallo de nuestra naturaleza humana.Tenemos mucha mayor facilidad para imaginarnos el infierno que elcielo. [...] ¿Será posible que lo malo nos resulte más familiar que lobueno? Sería un pensamiento bastante alarmante. ¡Para cuántoschistes idiotas habrá dado ocasión esta imagen deformada del cielo!
  12. 12. Continuamente oímos decir que el infierno tiene que ser mucho másdivertido, pues allí estarán seguramente todas las personasinteresantes, en cambio en el cielo sólo la gente honrada, los chicos ychicas ejemplares nauseabundamente aburridos que cantan en coro ytocan el arpa»16.La beatitud no proviene sólo de la contemplación de Dios. Comportatambién aspectos humanos. En Cristo, Dios se hizo hombre sinmenoscabo de su divinidad. Así también nosotros seremos divinizadossin deshumanizarnos. Nuestros cuerpos resucitarán adquiriendo unestado espiritualizado pero no desmaterializado. Por eso, toda noblerealidad humana tendrá su correlato en el Cielo. Allí viviremos enfamilia con el resto de los bienaventurados. Aparte de amar a Dios,amaremos también a cada uno de ellos más y mejor de lo que jamáshemos amado en la tierra. En consecuencia, como recuerda SantoTomás de Aquino, cada alegría ajena se hará propia17. Paraimaginarlo, tendríamos que multiplicar ese gozo por el enormenúmero de bienaventurados.Dejemos de lado esos aspectos humanos del Cielo y centrémonos ennuestra participación en la vida íntima de Dios. El testimonio de SanPablo es elocuente: «Ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron ahombre por pensamiento las cosas que Dios tiene preparadas paraaquellos que le aman»18. ¿Cómo será el gozo que se deriva deconocer y de amar a Dios como Él nos conoce y nos ama 19? Yasabemos que lo divino no es del todo inimaginable en virtud de suanalogía con lo humano. En concreto, el amor humano de alta calidades la mejor fuente de inspiración.La clave de la felicidad, tanto en el amor humano como en el divino,reside sobre todo en la calidad de la intención de los amantes. Sólo elamor de Dios, que de nada carece, es totalmente gratuito. SanBernardo describe esa inigualable perfección en estos términos: «Elamor puro se basta a sí mismo, agrada él sólo y por sí mismo. Él essu mérito, él es su premio. El amor no exige otra causa, ni otro frutoque él mismo. Su fruto, su práctica. Amo, porque amo; amo, paraamar»20. Nosotros no llegamos a tanto: aspiramos a una rectitud deintención. ¿En qué consiste? La interioridad es compleja. Un mismoacto puede estar inspirado por diversas razones. Éstas son rectas enla medida en que no se antepone el propio provecho al bien de lapersona amada. No es desinteresado quien da para recibir algo acambio. Amar es lo contrario de utilizar. Es voluntad de pertenecer,no de poseer. Debido a nuestra limitación, nuestra motivación nuncaes del todo altruista. Podemos albergar intenciones sinceras sievitamos todo engaño consciente. El grado de desinterés en nuestrosactos aumenta a medida que nos perfeccionamos. La gracia y labuena voluntad mitigan progresivamente ese egoísmo y amor propioque enturbia nuestras intenciones.
  13. 13. Dos personas unidas por un amor altamente desinteresadoexperimentan una dicha difícil de describir. Su recíproca entregaproduce una sorprendente espiral de felicidad que les sumerge en ungozo inesperado que permite presagiar la beatitud divina. En lamedida en que no persiguen su propio provecho, la alegría queprocuran, por así decirlo, rebota de uno a otro. En esta vida, esainteracción es muy limitada. En el mejor de los casos, la felicidadrebota como máximo un par de veces. En un matrimonio ideal, si elmarido lleva un regalo a su mujer, la alegría de ella le sobreviene aél. A su vez, ese dulce sobresalto repercute en ella. Y ahí queda todo.Si tiramos una piedra al agua, se produce un determinado número decírculos concéntricos. Si no hubiera rozamiento, los círculoscontinuarían extendiéndose de modo indefinido, como cuando seempuja un objeto fuera del espacio gravitatorio.Algo así debe suceder entre las Personas divinas a causa de la infinitapureza de su amor. Están unidas por una eterna espiral de beatitud.También nosotros experimentaremos esa inmensa dicha cuando, enel Cielo, les amemos como nos aman. No podemos visualizar elresultado de multiplicar por infinito el gozo más grande que jamáshayamos sentido en esta vida, pero conocemos al menos qué cifrahay que elevar al infinito.¡Y eso no es todo! A la hora de imaginar la inconcebible beatitudcelestial, a la máxima pureza del amor divino, podemos añadir seisnuevos elementos: 1. Infinita sabiduría (conoceremos hasta el último porqué). 2. Plena correspondencia. 3. Eterna duración. 4. Plena compenetración (total ausencia de malentendidos y desconfianzas). 5. Total ausencia de preocupación respecto al futuro de la relación amorosa (la imposibilidad de competencia o traición). 6. Infinita perfección y belleza de la persona amada. A propósito de esa hermosura divina, afirma San Josemaría: «Considera lo más hermoso y grande de la tierra, lo que place al entendimiento y a las otras potencias, y lo que es recreo de la carne y de los sentidos. Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas, nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! ¡tuyo!, tesoro infinito, margarita preciosísima»21. Considerando todos esos aspectos, se vislumbra un gozo inefable ¿Qué será adentrightrarse en ese mirarse amando y amarse mirando entre Dios y cada uno de los bienaventurados? Según San
  14. 14. Juan de la Cruz, dice Dios al alma: «Yo soy tuyo y para ti y gustode ser tal cual soy por ser tuyo y para darme a ti»22. Sirecordamos que ya ahora estamos siendo amados como loseremos en el Cielo, será más fácil que vivamos comocontemplativos en medio del mundo.Una vez agotados los recursos de la razón, si se intuye loinenarrable, «hay que dar entrada al casto silencio del que hablabael Pseudo-Dionisio, a propósito de los nombres de Dios»23. Y esque, a propósito del amor, llega un momento en que lo mejor escallarse ¡y vivirlo! Y cuanto más lo vivimos, más se acrecienta eldeseo de consumar definitivamente nuestra unión con Dios en elCielo. Si hemos intuido lo que allí nos espera, disponemos de unaespecie de imagen congelada de video que, al entrar en laeternidad, se pondrá en movimiento. Entretanto, purifiquemosesos anhelos, recordando que Dios, por ser el que más ama, es elque más desea esa sempiterna unión.De María, que acostumbraba a sopesar todas las cosas en sucorazón24, aprendemos a ser contemplativos en medio de nuestrosafanes cotidianos. Si con la ayuda de la gracia somos fieles hastael último trance de nuestra vida, se romperán los velos queesconden al Señor y le veremos por fin cara a cara. Lodesconocido siempre conlleva algo inquietante. Pero cuandolleguemos al Cielo, enseguida nos sentiremos como en casa puestoque saldrá a recibirnos Nuestra Madre.Logroño, junio de 2011---------------------1. Tito, 2, 13.2. J. Marías, La perspectiva cristiana, Alianza, Madrid 1999, p.889.3. Citado por R. Montalat en La revolución sexual, Folletos mc, n.611.4. En O. Rico, El cerebro y la mente, realidades distintas,“Aceprensa”, 54/02, p. 4.5. En J. B. Torelló, Psicología abierta, Rialp, Madrid 2003, p. 223.6. M. Lawson, A orillas del lago, Salamandra, Barcelona 2002, p.132.7. Cfr. V. E. Frankl, El hombre en busca de sentido, Herder,Décima ed., Barcelona 1989.8. Véase, por ejemplo, un libro que apareció en Italia en 1985, enel que un padre recibe mensajes de su difunto hijo a través de unrotulador que escri be solo (L. Sardos Albertini, El Más allá existe,Pena/Millet, Barcelona 1994).9. Se entiende por pecado mortal «una aversión voluntaria a Dios»(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1037.
  15. 15. 10. I. Socías, Sin miedo a la verdad, o.c., p. 144.11. C.S. Lewis, Mero cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 108.12. F. Dostoiewski, Los hermanos Karamazov, Mateu, 3ª edición,Barcelona 1960, p. 37.13. Cfr. C.S. Lewis, El gran divorcio. Un sueño, Rialp, Madrid 1997.14. J. Benavente, Los intereses creados, Biblioteca Básica Salvat,n. 48, Madrid 1970, p. 109.15. L. Trese, Dios necesita de ti, Palabra, 6ª edición, Madrid 1990,p. 147 y 155.16. L. de Wohl, Adán, Eva y el mono, o.c., pp. 43-44.17. Cfr. Santo Tomás de Aquino, Collatio super ´Credo in Deum´,art. 12 ; en Opuscula theologica 2, Turín 1954, p. 217.18. 1 Cor. 2, 9; cfr. Is. 64, 4.19. Cfr. 1 Cor. 13, 12 y 1 Jn. 3, 2.20. San Bernardo, Sobre el Cantar de los Cantares, n. 83, 4;Liturgia de la horas, tomo 3, Madrid 1972, p. 1153.21. San Josemaría, Camino, n. 432.22. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, Canción 3, n. 6,o.c., p. 111.23. C. Cardona, Metafísica del bien y del mal, EUNSA, Pamplona1988, p. 131.24. Cfr. Lc. 2, 19 y 51.Participación en el foro:• ¿Cómo explicarías a alguien que, con la sola razón, podemosestar plenamente seguros de que hay vida tras la muerte?• ¿Qué es el inf ierno, el purgatorio y el cielo?• ¿Cuál debe ser la actitud cristiana ante la muerte?• ¿Has intentado imaginarte como es el cielo? ¿nos lo podríascontar?

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